miércoles, 12 de enero de 2011

PALOMITA BLANCA

-¿Cómo te llamai?
Eran medio frescolines, pero lindos. El que manejaba tenía una melena rubia hasta los hombros.
-Ana María - le dije.
-Yo soy María Ignacia - agregó la Telma. ¡Más mentirosa! Me había dicho que mejor nos poníamos así, que yo le ponía Ana a mi nombre y que ella se iba a poner María Ignacia, porque esos si eran nombres elegantes.
-¿Quieren un pito?
El otro era también rubio y bien alto y corríamos como a cien kilómetros.
-Ya pus, María Ignacia! - le decía el otro.
-Más tarde.
-Un pito es bueno a toda hora.
-¡Yo quiero! - dije, para caerle en gracia al que manejaba que era el más lindo, aunque lo veía de perfil, pero se parecía a un actor de cine, a lo mejor era.
-Pa mí que esta cabra no ha fumado nunca - dijo el otro.
Ya íbamos como llegando, y nos metimos por unos caminos medios raros, y andaban montones de chiquillas y chiquillos y todos con pantalones y guitarras y collares. Le había dado como tres chupadas al cigarrillo que estaba más mal hecho que se me anduvo desarmando, un poco para sentir algo, pero no sentía nada, y me lo volvían a pasar y estaba húmedo y el que manejaba lo chupaba antes. Montones de autos.
-Hasta aquí llegamos, cauritas...
-Sí... ahora, a pata, ¿cachai?
-¿Andan solas?
-Tenemos unos amigos allá arriba - mintió la Telma.
-Nos vemos, cauritas...
Era más la Telma. Nos dejaron allí, cerraron bien el auto y partieron adelante y se perdieron entre la gente y nosotras, que
habíamos empezado el día tan bien.
-¿Y pa qué les dijiste que ... ?
-Hay que hacerse las interesantes, oye ... Ya los vamos a
encontrar...
-¡Los vamos a encontrar ... ! ¡Cómo no!

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